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DÍA 29 – LOS RECADOS

“Hay que hacer unos recados”, era la expresión clave generadora de alarma doméstica para que cada hermano huyera en una dirección. El pan, la leche, la charcu, la abuela, la modista, el periódico.

Hay algo de transhistórico en esto de los recados que no es otra cosa que la de aprender a colaborar en las tareas de la familia. Cada generación piensa que la siguiente viene más vaga que la suya y hay que darle un poco de caña para que pueda espabilar. Una de las peleas tradicionales en la agenda de los mayores es contra la pereza de los más jóvenes. Desde luego que eso es inherente al género humano, nada más humano que la ley del mínimo esfuerzo. Supongo que uno va superando esta fase por el inevitable empuje de la conveniencia (si no lo hago yo, no me lo va a hacer nadie) además de por la adquisición de un sentido maduro de la solidaridad (hay que ayudar a los que lo necesitan). Pero todo esto de joven suena a música celestial emitida en una frecuencia inaudible, lo importante son las cosas importantes: “¡¿quién me ha quitado el champú para el pelo?!”, “¿qué se come hoy?”, “¿se ha terminado el chorizo?”, “¿el zumo de naranja?”. Asuntos que tienen su irremediable origen en el vulgar territorio del egoísmo. No queda más remedio que aprender a obedecer. Recuerdo los paseos para ir hasta la casa de la modista a por una falda de la madre o al zapatero a coger las botas del colegio. No había que ir corriendo a los sitios, a esa temprana edad la aventura era de peligrosidad nivel bajo y los encargos eran a lugares más o menos cercanos, no había apenas tráfico y la gente en la calle sabía de quién eras hijo; con ganas o desgana, era una aventurilla de todas formas. Solo de mayor, cuando tienes hijos, llegas a entender que esos “recados” eran la única muestra de amor que a esa edad éramos capaces de ofrecer a nuestros padres y abuelos.

(Canción recomendada: “Luka”- de Suzanne Vega)