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DÍA 11 – DÍAS LENTOS

Estando sanos en estos primeros once días del posible cambio de Era, el tiempo corre de otra forma.

En principio, a los que de momento nos hemos librado del virus, no nos urge nada en concreto. Salvo urgencias indeseadas, no hay que correr para nada. Además no es recomendable tener prisa para ninguna cuestión, menos aún en la compra. Hay que mantener además de la distancia adecuada, la paciencia requerida. Todos mantenemos unos niveles de inquietud, mezcla de sorpresa y de sordo malestar, similares, pero hay que disimular. El rollo es ahora más hacia dentro y también lento. Zen.

El estrés entró en suspenso por una temporada. Habrá que ver que efectos nos produce la, de momento indefinida, “vuelta al cole”.

Desayuno con lectura. Se acerca la hora de comer pero no hay que preocuparse por hacerlo media hora antes o media después. No hay por qué no cocinar con más esmero, revisar recetas por internet, sacarle punta a cualquier plato conocido y convecional. Estar más tiempo en casa le acerca más a uno a las tareas domésticas y entre elllas, la de cocinar no solo es la más indispensable sino la más apetecible.

Decía un escritor gastronómico que la peculiar facultad de la actividad de cocinar es que hace posible realizar algo que va a entrar en el organismo de otra persona para formar parte de su cuerpo, no solo haciéndole disfrutar en el momento de comer sino produciéndole el efecto de sentirse bien físicamente o estar más sano, o crecer cuando se trata de un niño. El legado de las madres es en gran parte la salud de la que pueden disfrutar de mayores los hijos.

No hay prisa pero también es posible dejar pasar la tarde sin merendar. Cuando se acerca la hora es mucho más estimulante llegar con un poco de hambre. Y no llenarse la tripa, no hay que atiborrarse en ningún caso. La abuela de un amigo decía que hay que comer lo suficiente para que al terminar te pudiera entrar una tortilla francesa.

(Canción recomendada: “Slip slidin' away” de Paul Simon)