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DÍA 8 - EL PESIMISMO

Cuando cada día al levantarme leo la cifra de muertos y contagiados por la enfermedad se me quitan las ganas de cualquier tipo de comentario optimista.

Pensar no solo en las víctimas, sino en sus familiares que ni siquiera podrán despedirse por última vez y que pensaron, como todos en algún momento, que no les iba a tocar a ellos, no hace sino acercar la tragedia, el dolor a nuestra cotidianidad.

Cuando veo uno de esos vídeos en los que la cámara de un móvil va grabando por el pasillo de un hospital a gente tumbada en el suelo sobre una sencilla manta aguardando con paciencia a que le atiendan, se cae el alma a los pies. Maldita situación. La sensación de caos, la activación en la memoria de esas historias que nos contaron los abuelos, o hemos conocido por películas, en las que gente de todo tipo y condición se ve sumida en situaciones extremas que nunca antes vivió, sobrecoge. No hemos vivido algo parecido. En general, y como sociedad, nuestra generación y las más jóvenes, hemos tenido la suerte de no habernos visto sometidos a la obligación de  experimentar la auténtica adversidad. Pero seguramente, lo peor de todo, por ser la más posible tentación, es caer en el pesimismo.

Apostaría a que cualquiera de los fallecidos ha deseado en sus últimos momentos, la mayor felicidad, la mejor vida posible para sus allegados. La herencia intelectual que estoy convencido debemos recoger de todos estos muertos es trabajar por una existencia mejorable, optimista, alegre, a la vez que más pendiente de los demás. Llamémosle solidaridad optimista. Son los muertos, en su última voluntad, los que más autoridad tienen para obligarnos a aspirar a una vida lo más feliz posible dentro de nuestras circunstancias.

Por ellos nos corresponde la tarea de recuperar con fuerza el optimismo.

Vaya por ellos el aplauso de esta noche.

(Canción recomendada: “Goin´Ahead” de Pat Metheny)