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DÍA 2 – SIN SALIR DE CASA

¿Estáis bien queridos amigos? Me alegraré mucho si lo único que os aprietan estos días son las paredes de nuestra conejera particular.

En realidad llevo cuatro días sin salir de casa. Viajé a Barcelona y a Madrid en menos de siete días así que decidí enclaustrarme antes de la cuenta. Llevo ventaja, pero como digo, no me importa.

Me he hecho un tratamiento facial de esos que usan mis hijas para suavizar la piel de la cara. He escrito un poco y he leído mientras preparaba un pollo al horno. Podría deciros cómo me lo trabajo, pero otro día. También he hecho un bizcocho.

No he mirado por la ventana en todo el día. A las 8 salgo a aplaudir a esa parte angelical de nuestra sociedad que son las personas que nos cuidan la salud y respiro algo mejor que el aire fresco, una bocanada de emoción al compartir con vecinos cercanos, pero desconocidos, este gesto. Este aplauso al vacío, sin receptor visible, tiene un significado voluntariamente profundo.

Dios, cómo estarán los bares el día que podamos salir a la calle. Dios, qué pena sentiremos por todos los que no sobrevivieron al dichoso virus. ¿Estaremos escarmentados? probablemente. Pero nada evitará caer en parecidos errores en el futuro, siempre ha sido así. “Solo los tontos dicen que aprenden de su propia experiencia” dijo Otto Von Bismarck.

Amigos, familia y conocidos envían wasaps continuamente, miro el twitter un buen rato, mis hijos me pasan vídeos de Instagram graciosísimos. La ocurrencia y el humor por encima del miedo. No está mal.

Padezco el síndrome del nido lleno. La cocina parece más pequeña, el ruido ha aumentado en la casa, la convivencia se estrecha, seguramente es algo parecido a una oportunidad interesante. Se pone difícil avanzar en la lectura.

El tiempo se desliza a su ritmo, como siempre, independiente de nuestra ansiedad y enseguida es hora cenar y de ver una peli. He dicho película, no televisión, eso ya no.

Día 2, domingo.

(Canción recomendada: “Who I Talk To” de Astronauts, etc.)