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EL CONTRATO

Uno de los fans de este blog me gritó hace poco por la calle “¡se te echa de menos!”.

A lo peor fui atacado por un pensamiento engreído, pero deduje que lo decía por extrañar las entradas de los meses de mayo y junio en este blog. ¡Joe, uno que se da cuenta!, pensé. Después me pregunté si serían muchos los que habrían sufrido esta falta y en plan pesimista, si alguno habría dicho “por fin se ha cansado de enviar textos”. Seguido me dije “¿qué importa?”: el contrato de escribir es conmigo mismo. Quizás con alguien me he equivocado y le estoy dando la tabarra. Mil perdones. Pero para los que os intereso: la salud, física y mental, bien, gracias, eso no ha sido el problema. Algo peor, la pesadilla de compaginar dos de mis proyectos cinematográficos en las mismas semanas han tenido absorbidas a las casi 100.000 millones de neuronas que dicen que tenemos. Los proyectos: en buena marcha, gracias. Lo que hago es con objeto de que llegue a verse, así que antes que tarde, se verán y se podrá apreciar si el tiempo se empleó adecuadamente.

Los contratos no escritos son los más comprometidos. Un contrato no escrito y menos aún, firmado, me empuja a llenar cada mes unas cuarenta líneas y tirarlas al aire del ciberespacio apuntando alto para que caigan en el epicentro de vuestras cabezas. Una entradita suave en vuestras agradecidas mentes. Y si os resbalan pues no pasa nada. Yo miro de vez en cuando el número de visitas de la página y ¿de qué me voy a quejar? Me alegro de tener un discreto buen número de anónimos seguidores pero más de no ir perdiendo amigos.

Un contrato que seguro que compartimos para el verano es cambiar de perspectiva, mirar más hacia el ocio que al negocio, más al mar que a la ciudad, más a los más cercanos que a los compañeros de trabajo. Pues eso. Y os volveré a escribir después. Lo prometo.

Hoy os quiero desear muchos ratos de felicidad para el verano. No habléis del tiempo, aprovechadlo.