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VER

“Ojos que no ven, corazón que no siente” es uno de tantos refranes fallidos que sirven en alguna ocasión, pero no lo ha hecho con los invidentes que en el mundo han sido o lo son hoy.

La tecnología alcanza dimensiones mágicas cuando permite hacer sentir algo que parecía imposible. Ver siendo ciego. En el mundo hay casi 300 millones de personas con discapacidad visual, hace unos pocos años unos científicos inventaron un aparato que permite a estas personas identificar objetos próximos. Lo que tiene que ser para una madre invidente ver a su hijo recién nacido o a un hijo ciego encontrar el rostro de su madre.

“El alma que hablar puede con los ojos, también puede besar con la mirada” escribió Gustavo Adolfo Bécquer.

Un dicho habitual (entre los videntes, claro) es ese de que hay cosas que es mejor no ver. En cantidad de ocasiones tememos volver la vista atrás (o a veces, a un lado) para no alterar con imágenes indeseadas nuestra, a veces, adormecida buena conciencia. El álbum de nuestra existencia acumula lo que hemos visto, pero con mayor intensidad lo que hemos sentido. La fuerza de lo visual no es capaz de alcanzar el nivel de recuerdo de las buenas experiencias, sean físicas o emocionales. Basta con intentar describir un recuerdo del pasado con tres o cuatro personas que lo hayan compartido para averiguar la inutilidad práctica de los recuerdos. Podría pensarse que entre un número adecuado de testigos sería posible construir un trozo de pasado común, pero a duras penas: el pasado (¡y hasta el presente!) es una masa moldeable (a veces en manos del mal). Cada experiencia se tiñe de un color imposible, intangible e irreproducible. Y diríase que intransferible. Quienes nos empeñamos en contar historias trabajamos con esos músculos emocionales intentando recrear experiencias propias o de otros que vayan más allá de lo real, de lo tangible.

Un amigo acaba de hacer una película sobre la primera persona sordociega que ha terminado una carrera universitaria.

“He aquí mi secreto, que no puede ser más simple”, decía el Principito, “sólo con el corazón se puede ver bien; lo esencial es invisible para los ojos”.