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PROFUNDIDAD

“Internet es como un mar de superficie infinita pero de poca profundidad”. Cuando escuché esta definición hace unos cuantos años me sorprendió la sugerente imagen que expresaba lo que puede ser este invento que cambió el mundo.

Pasado ya un tiempo de convivencia con las nuevas tecnologías se podría asegurar que, en realidad, su utilización más común es ciertamente superficial. No alumbro ninguna novedad diciendo que evidentemente se pueden hacer y decir grandes cosas, tener interesantes conocimientos a un click de distancia, etc. con estas herramientas, pero la magia de las tendencias ha elegido otros usos de empleo mayoritario: la sobrecomunicación, el exhibicionismo, la banalidad, el puro entretenimiento.

“Profundo” era el mote de un compañero de colegio. Un tipo de aspecto curioso, nada guapo y muy callado que sorprendía cada vez que hablaba (con su voz también profunda) porque no le entendíamos. Profundo, sinónimo de raro. Ahora viene a ser raro encontrar a alguien profundo. Los hay, tienen nombre e incluso podemos tener cerca a alguno pero su consideración social está en horas bajas. Raros.

La vida no es sencilla, la verdad no es sencilla, el auténtico arte no es sencillo. Nada es realmente sencillo, pero cómo siguen cautivando quienes venden frivolidad anestésica como solución a las cuestiones más complejas. La vida es más vida (incluso más divertida) cuanto más compleja y exigente nos la planteemos a base de empujarla en dirección a lo profundo. El verdadero arte es tan profundo, intrincado y diverso como la mente y el alma de los seres humanos que lo crean. La verdad siempre se esconde pero es un poco iluso esperar que pueda aparecerse tras un tuit o una foto en Instagram. Es posible que en esa maraña casi infinita de pequeñas informaciones que caducan al minuto haya en algún momento algún destello de verdad, pero quizás no sea el mejor sitio para buscarla.

No solo los pensamientos de cada cual sino también el trabajo diario, nuestros proyectos de vida, las conversaciones, lo que leemos o escribimos, lo que aprendemos o enseñamos, necesitan profundidad. Quizás sea el podio más gratificante que se puede permitir cualquier humano, accesible independientemente de medios materiales, posición económica o cultural.

Quizás sea la definitiva prueba del nueve de la existencia, la mejor herencia de nosotros mismos: haber hecho lo que hicimos, (cualquiera de las cosas, todas) con profundidad, intentando llegar a la final en cualquiera de las pruebas, lo más allá posible hacia lo auténtico, lo noble, lo generoso.