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ATARAXIA

Ataraxia podría ser un bonito nombre de niña. Asemeja un bonito nombre vasco o gallego, pero es una palabra griega que significa ausencia de turbación.

En principio, turba pensar en que exista la ausencia de turbación. Para los filósofos griegos era el estado en el que el ser humano, al disminuir sus temores y sus deseos, alcanza un lúcido equilibrio mental y físico que le permite encarar fortalecido las asechanzas de la vida. Esto ya es otra cosa. Imagino la paz espiritual y la dejadez total separadas por una fina línea, que a lo mejor es un lugar fronterizo de lo más maravilloso, pero no turbarse puede equipararse tanto a algo zen como a un sentido de indiferencia que permite esa felicidad (que se decía antes) de los “tontos”.

Disminuir temores es tarea a la que dedicamos gran parte de las baterías energéticas de nuestra mente. Es, levantarnos y ponerse uno a esquivar problemas. “Los días buenos son raros” dice Jorge Drexler en una canción. Ojalá se pudiera poner la mente en blanco, como dicen que hacen los que meditan, y desenchufar esa película caótica que es la vida que nos toca. Seguramente sea una gran felicidad poder abstraerse tanto, vaciar por un tiempo la cabeza y que desagüen por un rebosadero los malos rollos. Algunos estamos continuamente buscando algo que no sepamos hacer, que nos complique la vida intelectual, ver por donde trepar, cosas que nos turben pero que a la vez sean un intento de superación, pero de la misma manera, es un sueño alcanzar la profunda serenidad. Ataraxia contra las acechanzas de la vida. La claridad de pensamiento y de objetivos probablemente no esté a la altura de todos nosotros pero no habrá que dejar de estirarse para intentar tocarlos alguna vez. Se necesita mucha claridad y una auténtica ausencia de turbación para determinar qué fin y qué medios elegimos para deambular por la vida. Y sentir la adecuada turbación para dejar de cometer ciertos actos.

Tenemos el verano por delante para ejercitar la Ataraxia, por qué no, deporte veraniego entre cerveza y mojito. Quizás no haga falta ser griegos para que se nos dé bien.