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AMABILIDAD

Para Henry James uno de los tres ingredientes de la moral civilizada es la amabilidad. Los otros dos son: la amabilidad y la amabilidad.

Si no podemos ser mejores y lo de ser bueno resulta tan pasado de moda que ni se pronuncia por temor a que nos produzca un sarpullido, ser amables es el mínimo, el vaso de leche para el desayuno en los colegios públicos de ciertos barrios.

Situado a medio camino entre el buenismo empalagoso y el amor verdadero, el trato amable no siempre abrirá las puertas, como dice el tópico, pero al menos las engrasa atrayendo buenas actitudes.

Siempre me ha entusiasmado el trato exquisito de los capos de “El padrino”, “Uno de los nuestros” o la actual “Peaky Blinders”, con sus inminentes víctimas. Después les clavarán un gancho en el cuello o les atravesarán la cabeza con un balazo, pero las buenas maneras serán el último e inquietante último recuerdo de sus desgraciados (ex)enemigos. Hasta la vendetta hay que servirla con guante de seda, imagino que por disimular, porque ni a los malos les conviene dar mala imagen, les puede dificultar aún más su trabajo. “Es un hijo de p. suave”, decían en “Terciopelo azul” para describir al más degenerado. De hecho son los malos-malos los más empeñados en construirse una imagen lo más amable posible, así tendrán más probabilidades de confundirnos y de confundirse entre esa gran masa que solo aspira a ganarse la vida sin complicaciones legales, aunque la paga no siempre llegue para todo.

El mal como espectáculo nos enseña contravalores de manera entretenida, pero no perdamos de vista que la realidad supera la cosa más extraña que hayamos visto en la ficción. Con lo que nos gustan esos personajes en las películas, que poca gracia tienen en la vida real. Tendremos suerte si no nos cruzamos nunca con desaprensivos de esa calaña.

Un tío abuelo mío contaba a menudo cómo se dirigía a funcionarios o empleados de “ventanilla” cuando le atendían con desgana o antipatía: “Perdone, a usted le pagan mal ¿no es así?”.