images

CADA AÑO

Cada año al llegar esta fecha de los difuntos me propongo escribir algo. Intento que sea oportuno, diferente.

Ya sé que solo es un día marcado en rojo en el calendario, como el de Navidad o el del santo patrón. Nadie ni nada puede señalarnos ni cómo ni cuándo acordarnos de los que no están. Quizás llegado el día señalado es simplemente como una campanilla que nos susurra nombres de jóvenes o mayores que la muerte hizo que desaparecieran de nuestro escenario. Tarde o pronto, que más da, siempre antes de tiempo nos quedamos sin ellos.

Después, nosotros seguimos caminando por las mismas calles, visitando los lugares que nos recuerdan de vez en cuando su figura, momentos de su vida, de la nuestra con ellos. Cada año es diferente, el espacio entre la vida de unos y la muerte de los otros se ensancha y el recuerdo de los que van faltando pesa cada vez un poco más, no un poco menos.

Recuerdo un funeral siendo muy jovencito, al salir los familiares mayores (los hombres) tomaban vinos por los bares del Casco Viejo de Bilbao. No paraban de hablar, se contaban cualquier cosa, reían, incluso puede que hablaran en algún momento del fallecido, padre, abuelo, tío o primo. Anécdotas, vivencias. Me resultaba raro, no entendía por qué lo que días, horas antes había sido sufrimiento y disgusto por la mala noticia, en pocas horas mutaba en encuentro feliz de familiares que se aprecian.

“Hay que vivir como si no fuéramos a morir nunca” le he escuchado decir a Vargas Llosa. Pero es extraño como pasa todo. Nos sabemos mortales pero son pocas las veces que lo sentimos con realismo. Somos conscientes de que nos tocará, quién sabe cuando (“la muerte es permanentemente inminente”, dice Savater), será ese día cualquiera que no estaba previsto. Y seremos para otros, para los que nos quieren, esa combinación de la dulzura de los buenos recuerdos (ojalá) con la tristeza y añoranza por la ausencia (ojalá).

Por tierra y mar corren los vientos que no cesarán jamás, un aviso de la continuidad de todo sin nosotros. Lo veo.