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TODOS LOS DÍAS

Un amigo me contó: “Mi padre me recogió un día del colegio, nos saltamos las clases y fuimos a la playa. Hacía mucho frío para bañarnos así que nos sentamos en un banco y comimos un bocata.

Cuando llegué a casa, mis zapatillas estaban llenas de arena y las sacudí sobre el suelo de mi habitación. Lo puse todo perdido, tenía seis años. Mi madre me gritó por el desastre pero él no se enfadó, me dijo que hacía millones de años, el desplazamiento del mundo y el movimiento de los océanos trajeron esa arena a ese lugar de la playa y mucho más tarde, hoy, yo me la había llevado de allí para ponerla en otro lugar. Todos los días, me dijo, cambiamos el mundo. Es un pensamiento bonito hasta que piensas cuántos días y vidas necesitarías para traer los zapatos llenos de arena a casa hasta vaciar la playa”.

No es solo un pensamiento bonito creer que todos los días cambiamos el mundo. Lo queramos o no, seamos conscientes o no, cada día hacemos pequeños movimientos que influyen en que algo cambie a nuestro alrededor. A mejor o a peor, claro está. Nuestro entorno es más moldeable de lo que imaginamos, mucho más de lo que nuestra pereza nos hace pensar. Pensemos en cómo eran nuestra ciudad y sus habitantes hace cincuenta o cien años. Lo que ha cambiado lo han cambiado sus habitantes. Mejores leyes, mejores entornos, calles más limpias, más educación, más esperanza de vida, menos violencia.

Todos los días cambiamos el mundo pero cambiarlo de manera que signifique algo importante nos llevaría más tiempo que el que la mayoría de la gente tiene en una sola vida. Es un pensamiento bonito pensar que cada uno, cada día, puede mover una diminuta porción de algo en buena dirección. Hacer que eso signifique algo para otros, es un esfuerzo que merece la pena hacer. Muchos lo han hecho desde sus habitaciones, garajes, oficinas, aprovechando el tiempo, su talento, trabajando incansablemente en buena dirección.

Nuestra vida es una pequeña porción de algo que se va moviendo sin darnos cuenta, gira, avanza o retrocede inapreciablemente. Nuestro mundo no se detiene jamás. No sabes lo que me cuesta todavía comprender que la tierra gira a la velocidad de 1.600 kms por hora sin que lo notemos. Hagamos lo que hagamos se va a mover igual. Pero la velocidad no importa: nos deja elegir si viajar al norte al oeste o quedarnos donde estamos.

La vida, esa cosita nuestra, a veces absurda, hecha de decisiones tan variables, avanza mientras giramos. Arena volátil que movemos al caminar.