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EL GOLPE

Hay un sustrato profundamente estúpido en los delincuentes. No digo en todos, porque los hay motivados por arrebatos, impulsos o necesidad, que no le dieron muchas vueltas a lo que decidieron hacer.

Me refiero a la estupidez de los ambiciosos de cualquier tipo. Esos que durante muchísimo tiempo van labrando, como hormiguitas, el camino que les conducirá a lo que será su golpe perfecto. Ese trabajo les arreglará la vida (a él y los suyos) definitivamente, alejándoles para siempre de la vulgaridad de vivir como el resto de los mortales. Pero no es trabajo sencillo, da muchas preocupaciones. Noches de insomnio, conversaciones secretas, correos electrónicos en clave, citas discretas, mentiras por aquí y por allá. En principio, hay que aparentar continuamente que se está en otra cosa, de lo más inocente, para despistar. Practicar la doble vida. Y cualquiera no vale para ello, hay que tener la suerte de disponer genéticamente de una serie de perfiles contradictorios (entre el charlatán de tómbola, el manipulador de la clase en el colegio, el vendedor de enciclopedias y el trepa sin escrúpulos) que combinados funcionen y envíen a los demás las vibraciones de una personalidad original y hasta atractiva. Para algunas especialidades de la delincuencia también hay que ser competente en saltar tapias o en hacer el puente a los coches.

Encuentro que la codicia tiene buen maridaje con la estupidez. Esa codicia estúpida de los que roban y contemplan entusiasmados como se les acumula la fortuna sin habérsela tenido que currar pero impedidos a disfrutarla para no despertar sospechas. O la de los que engañan a personas (¡a las masas!) manipulándolas a su favor, haciéndoles creer cualquier mamarrachada imposible y cada día tienen que ingeniárselas para diseñar argumentos más y más complicados a modo de mantenimiento de la patraña.

Unos y otros viven con el corazón partío, entre la preocupación de que les pillen y la excitante sensación de creer que no dejan ningún rastro o que lo están haciendo tan bien tan bien que nunca llegarán los problemas.

Pero el súmmum es dar el palo delante de las narices de todo el mundo, saltarse las leyes y salir en la tele, mentir en ruedas de prensa y creer que la impunidad es un regalo exclusivo para su persona y sin fecha de caducidad. “Nadie tiene la suficiente memoria para mentir siempre” dijo Abraham Lincoln, que no era nada estúpido.