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CONEXIÓN

Está demostrado. No hay analista-especialista-listo de turno que pueda ni siquiera acercarse al futuro de las cosas que nos afectan. Como en un libro de Paul Auster, cualquier cosa es posible a la vuelta de la esquina: una historia dentro de otra historia y dentro de esa, otra.

Sucede algo que, sin esperarlo, en un segundo cambia tu vida y todo comienza a ser radicalmente diferente, para bien o para mal. Una accidente, una enfermedad, un enamoramiento, un descubrimiento personal, nos cambia la mirada. El futuro se sitúa entre el sueño y la pesadilla.

Nadie ha sabido predecir las crisis ni ninguno de los acontecimientos importantes que en la historia han sido. Sin ser científicos, incluso siéndolo, nos empeñamos en planear alternativas para esto o lo otro, manejar estadísticas, pero da lo mismo, el porvenir es un agujero negro insondable en el que por inercia e irremediablemente nos vamos metiendo. La realidad nos va meneando a su gusto, como a muñecos subidos en una enrevesada atracción de feria. “La vida es una tómbola” dijo Marisol, qué gran analogía. Y siempre toca, a unos buena suerte a otros menos. La fatalidad o la fortuna se nos acercan o alejan mientras nuestros hijos nos preguntan qué hay para comer o si iremos de vacaciones.

Vivir para vivir. El azar es el factor más determinante tanto para las relaciones humanas como para esas decisiones que se derivan de ellas. Para conocernos o para separarnos. Las tramas y los desenlaces con los demás se barajan mediante algoritmos ignotos. Nada tan imprevisible como ese misterio de la conexión, ese enganche con el que nos vamos atando unos con otros, y tantas veces con personas a las que no hace falta verlas a menudo para sentirlas cerca porque compartes lo esencial: ese proyecto de hacer bien y si se puede el bien. Hay un espacio mágico que podría llamarse libertad afectiva que junto con la esperanza de llegar a buen puerto, es lo único de lo que nadie podrá privarnos nunca.