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LLORAR

Los hombres no lloran, se decía antes, pero ahora que vemos a cualquiera llorar en una televisión en la que casi nadie habla ni actúa como un adulto, parece que nos hemos pasado al otro lado: obligatorio llorar en público.

Más bien se trata de una moda la de exhibir todo tipo de sentimientos a cual más aparatoso y ante cuantos más mejor. Verdaderos dramas aparte, es algo merecedor de estudio, pero bueno, cada uno sabrá.

Lloramos por el año que termina, podemos llorar, digamos que de emoción, por el año que comienza. Un año más, un año menos. Lo de siempre, la botella medio llena o medio vacía según las propensiones genéticas de nuestro carácter.

Hace mucho tiempo hablando con alguien en un ambiente muy personal, de pronto me pregunta “¿cuándo has llorado la última vez?” yo le dije "pues ayer". No sé si se lo creyó. No me importa confesar que lloro a menudo. En privado o a oscuras. Llorar no es intrínsecamente malo, la cuestión es si se hace a la ligera o dónde o ante quién se hace. Al llorar ante alguien uno se abre dejando al descubierto una grieta de fragilidad, de vulnerabilidad, de tierna humanidad, que puede transmitir mensajes equívocos. En principio, a nadie debería gustarle llorar aunque en ocasiones desahogue, se trata de un terremoto emocional que a menudo se nos puede escapar de las manos: puedes empezar y no saber cómo terminar.

Con la edad se llora distinto o por diferentes motivos o sin motivo aparente porque los años no ayudan a inmunizarnos de las emociones tiernas o desgarradoras, ni ante el acoso de imágenes o voces que revolotean como satélites a nuestro alrededor acercándonos recuerdos de personas, palabras, expresiones, lugares, momentos. Puedes vivir todo lo alegre que quieras pero no dejarás de tener esos diminutos agujeritos a punto de convertirse en fugas imparables para la gota ligera, salada y aceitosa. Lágrimas que se merecen los que añoras. Son como un pago diferido por el amor vivido, por aquello o por lo otro, lágrimas limpias de dolor que corren ligeras y frescas por la cara.

En fin, por un año lleno de lágrimas de felicidad.