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LA CONCIENCIA TRANQUILA

"Procura que lo que hagas pase el detector de mentiras, tenga sentido y sea honrado e interesante, y si no es así, dedícate a otra cosa". Richard Laermer & Mark Simmons (dos publicistas muy ingeniosos).

Siempre me ha llamado la atención esa expresión tan históricamente manida, ese balance tan atrevido utilizado por tantos tantas veces: “tengo la conciencia muy tranquila”. Me sobrecoge ese alarde de limpieza corporal interna en tan pocas palabras. Casi se puede asegurar que el que lo confiesa así de claro está  adjudicándose ser sospechoso de algo. Podría ser que no, pero es, para muchos, la muletilla para las situaciones de máximo apuro. Muy utilizada en las declaraciones “póstumas” de tantos y tantos cargos públicos, de tantos y tantos honorables ex asesinos. Recurrida en tantas ocasiones, da lo mismo entre hermanos, que entre vecinos, compañeros… Siempre hay oportunidad de exhibir ese pedazo de conciencia limpia y pura aunque no venga muy al caso. Pero da que pensar cuando se utiliza justamente en momentos en los que la confusión se extiende sobre un comportamiento preciso.

En este mundo en el que vivimos, probablemente como en los anteriores, creo que tendría que resultar muy difícil tener la conciencia tranquila, a no ser que uno se empeñe en anestesiarla por alguna razón muy muy personal. Nadie debería tenerla tranquila nunca, con todo lo que se mueve a nuestro alrededor, con lo que hay por buscar, por arreglar. Bastaría con escuchar ese incesante ruido de fondo que son las preocupaciones invisibles de nuestros compañeros de viaje, más o menos cercanos.

Se muere más de obesidad que de no comer, mira que es raro todo. ¿Qué hacer? Seguro que cada día nos roza alguna oportunidad de participar en algo importante, que tenga sentido y la pasamos de largo. Seguro que en algún momento de cualquier día se nos presenta el pasado tirándonos de la oreja. Y nuestra conciencia de siesta.

¿Conciencia excesivamente tranquila? Pues dedícate a otra cosa.