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SUPERVIVIENTES

Imre Kertész ha muerto recientemente. Nobel de literatura en 2002 pero sobre todo superviviente del holocausto. Se pasó la vida escribiendo, expulsando su angustia de forma literaria, mientras esquivaba el final elegido por algunos de sus destacados compañeros de mala fortuna: el suicidio.

Primo Levi, Paul Celan o Jean Améry (Hans Mayer) escribieron y escribieron sin llegar a encontrar el sentido a su supervivencia. Aprisionados por un sentimiento de culpabilidad terminaron con su vida. Imre Kertész no quiso añadir su nombre a esa lista que según él hubiera sido ejecutar la sentencia que logró esquivar.

No trató de reivindicar nada, ni de escribir en términos de realidad histórica sino de expresar de la mejor manera la autenticidad de su experiencia, negándose a mirar los hechos desde lejos o desde fuera.

Se es víctima hasta el último día, no hay recreo para el recuerdo del horror, no hay espacio en blanco para el olvido. La muerte, si es dramática y tan incomprensible como la ejecutada por otro humano, es una cicatriz en mitad del rostro, que puede resultar siendo tan familiar como ver nuestra nariz cada mañana pero, como ella, no nos abandonará ya. Fea y dolorosa compañía. A los supervivientes les damos por supuesta su valentía y temeridad, quizás también alguna cantidad de justo resentimiento. Sería necesario reconocerles el haber tenido al enemigo demasiado cerca mientras los demás disfrutábamos de mejor suerte, pero más importante aún, el haber adoptado la no violencia como respuesta. Sería justo por eso hacerles un hueco grande en la Historia. En cualquiera de las historias que la infamia del ser humano ha creado.

Un sociedad sana tiene que recoger lo que de incalculable valor existe en este tipo de personas para ofrecérselo en bandeja de plata a los jóvenes contemporáneos, pues se trata del material del que está construido el invisible hilo que transmite los valores de la auténtica humanidad y que va uniendo una generación con la siguiente y a ésta con la próxima.