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CAMBIAR

“Antes de salir a cambiar el mundo da tres vueltas por tu propia casa”.

Lo que solemos hacer antes de salir de casa suele ser buscar las llaves, las de casa, de la oficina o del coche, coger la bufanda que parece que hará frío más tarde, algún libro para el transporte público o buscar eso que le prometí a no sé quién que le iba a llevar hoy. Puede que demos incluso más de las tres vueltas del proverbio chino si tenemos la cabeza descentrada por algún problema o vamos con prisa. Pero lo de cambiar el mundo, salvo en alguna conversación inspirada de taberna, es algo que no parece un propósito habitual en la rutina del ciudadano medio.

Ahora bien, estoy seguro de que sí que lo cambiamos, ya sea por acción inconsciente o por omisión, también inconsciente. Mucha inconsciencia para algo tan relevante ¿no? Ojo, porque cuando nos ponemos estupendamente conscientes dispuestos a pontificar, a dejar nuestra huella de cambio en algo, ese es el momento preciso para dar las tres vueltas por nuestra propia “casa”. Ya lo dijo Montaigne, que el mejor campo de observación para el estudio de la humanidad es el que ofrece nuestra propia interioridad. Mirar en casa.

Conviene empujar en cada momento en la mejor dirección, ya que lo que disfrutamos o padecemos hoy es la suma de pequeños movimientos inapreciables que, al cabo del tiempo, a veces de mucho tiempo, han dado como resultado las mejoras de nuestro habitat, de nuestras relaciones, de nuestra calidad de vida. Pero también esos pequeños movimientos, conscientes o no, particulares o globales, han producido retrocesos o el inicio de caminos que con el tiempo se descubren como grandes equivocaciones. Entre qué conservar y qué cambiar se encuentra el eterno dilema, pero podemos estar seguros de que en cada segundo propiciamos un cambio o frenamos otro.

Hace más de cuarenta años que Hannah Arendt dijo esto, que a lo mejor es buen momento para recordar: “Cada hombre nace en una comunidad con leyes preexistentes que obedece porque no hay para él otra forma de participar en el gran juego del mundo. Yo puedo desear cambiar las reglas del juego, como desea el revolucionario, o lograr una excepción para mí, como hace el delincuente; pero negarlas por principio no significa mera desobediencia sino la negativa a entrar en la comunidad humana”.

La tentación de cambiarlo todo o de no mover un dedo por nada del mundo puede dar resultados tan maravillosos como catastróficos. El yin o el yang en nuestro bolsillo.