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LO NUEVO, LO VIEJO

Siempre ansiosos de experiencias nuevas, nuevos alicientes, de poseer nuevos objetos, los últimos gadgets, de disfrutar de nuevos libros, sentir con nuevas y buenas películas, conversaciones estimulantes… se trata de acumular lo nuevo para sentir. La buena vida de siempre es hoy la búsqueda constante de nuevas experiencias.

Renovadores constante del armario de las vivencias, somos insaciables cuando se trata de alimentarnos de novedad. Inevitablemente creamos un problema de convivencia con lo que por edad vamos acumulando. Lo más viejo que tenemos es a uno mismo, pero hay que mantenerlo como nuevo. Seguramente a todos nos pasa que la imagen que tenemos de nosotros mismos es con mucho más joven de lo que nos encontramos en el espejo. Algo inexplicable engaña nuestra percepción ¿será narcisismo? ¿resistencia a sentirnos un poco más viejos cada día?

En nuestro imaginario nos hemos quedado congelados en una fotografía fija.

Pasan los días, las vacaciones, los años. Parece que fue ayer cuando me inscribí en no sé qué o cuando celebré no sé cuál. Del pasado quedan no sólo momentos en la memoria sino testigos de aquellos momentos: un jersey, unos zapatos. Rastros físicos que emparentan la edad que tuvimos con nuestro ser en el pasado. ¡Cuánto dura la ropa cuando eres adulto!: se te amontona. En realidad, llega un momento en que todo se empieza a ir amontonando.

En ocasiones tenemos predilección por lo reciente, una persona que acabamos de conocer, un bar que hemos descubierto, un libro del que acabamos de leer una reseña, la última buena película, el vino del otro día. De la misma manera, a menudo el pasado se nos dibuja muchísimo más estupendo. En ese ir y venir del presente al pasado, constante viaje hacia delante y hacia atrás que cada día hacemos innumerables veces, de lo presente al recuerdo, nos vamos desarraigando del pasado, de lo viejo, desechando la idea de que nosotros lo somos un poco más a cada paso.

Lo viejo y lo nuevo son la urdimbre y la trama de cada momento.

Da reparo tirar zapatos viejos de los hijos, inútiles por la lógica de su crecimiento. Nos gustaría tener el máximo de recuerdos físicos de esos tiempos de padre con hijos pequeños que se empiezan a traducir en melancolía. Una ropa de tu madre… ¿qué hacer con los enseres de los fallecidos? Muchos objetos sólo tienen sentido junto a la vida de sus poseedores, sin ellos pierden su significado para convertirse únicamente en bultos inútiles.

Tenemos y dejamos de tener, buscamos y reciclamos, nos recambiamos constantemente como la piel de una serpiente, para seguir viviendo. Viviendo con varias partes de pasado, una de presente y todas las que podemos de futuro.