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VIAJAR

Durante mucho tiempo se nos ha dicho que viajando se nos curan muchas cosas, entre otras, ese narcisismo de creer que en lo nuestro, en lo más próximo, se encuentra lo mejor del mundo. “Como esto no hay en ninguna parte”, “como aquí no se vive en ningún sitio”.

Está bien lo de conformarse, es lo más barato que hay, pero además, aunque no se trate de ni una verdad ni de una mentira absoluta, nos ayuda a sobrellevar ese largo tiempo en que nos movemos únicamente del trabajo a casa y viceversa.

Nuestro microcosmos se compone de personas con las que nos relacionamos, con las que nos comunicamos, algunas nos hacen sentir vivos, con otras simplemente nos cruzamos, lugares en los que compramos o comemos, paisajes urbanos evocadores o no, entre los que deambulamos con o sin sol, con problemas o sin ellos. No es poco que pasen los días, al menos sin tener grandes conflictos. Una vida cómoda fácilmente convertible en costumbre ya es mucho pedir, pero inmersos en la grisura intuimos que puede haber vida más allá de esto ¿no?

El mundo está repleto de destinos atractivos. Las fotos de pueblos empedrados cerca del mar, la seguridad de un clima agradable tirando a cálido, la perspectiva de la comida placentera (y de que sea barata) excitan la imaginación: allí se tiene que estar muy bien.

Es el propio movimiento de alejamiento de lo cotidiano lo que suaviza las aristas del presente y sus problemas. Marcharse es tener la esperanza de revivir, de empezar de cero por unos días, es premiarse con experiencias diferentes, un intento de resetear. Los kilómetros que ponemos por medio son un muelle que, en realidad, llegado a un punto, nos devolverá al punto de partida, pero es de ese recorrido de lo que esperamos algo especial.

En el placer está la penitencia: ser viajero es saber que tendrás que volver. Volver con fotos, claro. Así que no olvides el palo para la selfie.