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IDENTIDADES

Andrew Salomón es el autor de un libro titulado “Lejos del árbol” en el que explora identidades conocidas pero que durante miles de años nuestra civilización ha considerado ajenas a ella. Se refiere a las formadas por gays, sordos, discapacitados, esquizofrénicos, autistas, considerados todos ellos piezas de deshecho en una sociedad diseñada para funcionar con elementos “normales”.

Identidades verticales son las que pasan de padres a hijos. La mayoría de los hijos compartimos al menos unos rasgos con los padres y aunque nos sentimos orgullosos de diferenciarnos de ellos, a veces nos apena lo diferentes que son de nosotros nuestros hijos. Caracteres y valores pasan de generación en generación de padres a hijos a través del ADN pero también a través de normas culturales compartidas. La raza, el lenguaje, son verticales, la religión es medianamente vertical, la nacionalidad también, excepto en el caso de los inmigrantes. Las identidades horizontales son las que no pasan de padres a hijos sino que aparecen accidentalmente en la familia. Por ejemplo la homosexualidad, la sordomudez, el enanismo, el síndrome de Down. Estas personas adquieren su identidad cerca del grupo de personas más parecidas a ellas.

En este libro se recogen variadas experiencias entre padres e hijos en estas circunstancias especiales. Algunas de ellas, resultan cercanas por conocidas, pero también en el límite de lo imaginable. Los que no han tenido la suerte de nacer encuadrados en la “normalidad” se encuentran en el centro mismo del miedo natural a ser diferentes y en un mundo que les acoge con extrañeza.

Así y todo, cada uno en su medida, tenemos que utilizar nuestra capacidad, o permitir que los desfavorecidos la utilicen, para hacer frente a los desafíos de la vida. A veces son muchos y muy continuados, pero no existen fuerzas oscuras que impidan progresar a las personas. Vivir cada vez algo mejor, preferir ser feliz a infeliz, son las aspiraciones inherentes a la condición humana. Como también lo son los episodios de baja autoestima y hasta de odio a nosotros mismos por no alcanzar esos logros. Ante la indecisión, siempre queda el gran imperativo evolutivo que es el apego al hecho de ser nosotros mismos, con nuestras diferencias, e intentar compensar nuestros defectos y limitaciones. Elegir ser nosotros mismos puede ser algo sublime cuando las condiciones de partida son complicadas o una soberana tontería si es para mirarnos el ombligo. Entre una u otra opción, unos y otros, podemos ir diseñando nuestras vidas.