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RESPETO

No voy a hablar de los límites de la libertad porque esos deberes ya habría que tenerlos hechos, pero si no, cualquiera de nuestros filósofos contemporáneos podría explicarlo mejor. (He dicho filósofos…¿alguien recurre a ellos hoy en día?).

La libertad de expresión total sería un tío en mitad del desierto haciendo y diciendo lo que le dé la gana, es decir, no habría nadie a su alrededor a quién molestar u ofender. En cuanto vivimos en grupo, el respeto al otro es la regla número uno, la esencia de la buena educación transmitida por nuestros padres.

Esa libertad utilizada para decir o hacer lo que nos dé la gana, sin pensar si molestamos o no a los demás, es un argumento absolutamente egoísta, más aún viviendo tiempos de hipersensibilidad hacia el escrupuloso respeto de lo “nuestro”.

El deporte de masas actual no aporta elementos muy constructivos al respecto. Aunque hay quién va únicamente a disfrutar del deporte, un estadio destaca por ser un parque temático del insulto a voz en grito, un circo romano contemporáneo abonado para las actitudes del cobarde parapetado en la masa, un ámbito inmejorable para, como mínimo, la pérdida de la educación.

¿Pueden ser los campos de fútbol recintos blindados para la (falsa) libertad de expresión?

Llegado el lunes, cada uno en su puesto de trabajo, ese doctor Jekyll que tantos llevan dentro en un estadio, se convertirá en persona educada, respetuosa, dulce y complaciente, recogerá las caquitas del perro y dejará paso a la vecina en el ascensor. Podría ser una representación evidente del trastorno disociativo de la identidad, que hace que una misma persona tenga dos o más personalidades con características opuestas entre sí. Pero no, es más bien síntoma de una enfermedad social: la práctica anónima del desprecio del otro, del “todo vale”. Desahogos de inconformistas de salón con gusto por saltarse las leyes de la convivencia.