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Silencio y reflexión

El silencio es una elección interesante, por rara, en este mundo que a base de sonidos quiere despertar nuestra curiosidad para, como no, incitarnos a comprar algo.

El silencio siempre es una opción prudente, que no sé porqué me recuerda a mi abuela. Es también la actitud personal que induce a eso conocido como paz espiritual que nos dispone a escuchar los ruidos del interior, es el campo de juego de la reflexión, la mesa de operaciones de las decisiones delicadas, el semillero de las ideas imaginativas.

Vivir en nuestras ciudades es soportar esa avalancha constante de sonidos incómodos que se superponen y que, tanto como el cielo nublado o la lluvia, componen ese escenario natural, gris y tristón, que es lo rutinario. Sonidos que llegan a hacerse imperceptibles, convirtiéndose en eso que los ingenieros de sonido llaman ruido rosa.

El ruido de las campañas electorales es evidentemente de otro color. El color de las expresiones vulgares, de los gritos sobreactuados, de las palabras evanescentes. Debe de ser el ruido necesario de la democracia, pero, a mi juicio, las campañas se han convertido en una sinfonía inarmónica de lugares comunes, donde lo chabacano se funde con lo intelectualmente triste. Escuchas todo (casi no hay otro remedio) pero no prestas atención especial a nada. Todo es previsiblemente poco atractivo. Ni los que más te pueden gustar te gustan en campaña. ¿Alboroto prescindible?

Tras el abrumador ruido de la campaña electoral, las votaciones y los recuentos, llega el día después, la verdadera jornada de reflexión. Día de silencio para comprobar si tenemos lo que nos merecemos.