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MAESTROS

La primera persona que recuerdo haberme encontrado en un aula fue una monja, Sor María Luciana.

Imagino que desde hace mucho tiempo compartirá mesa con Dios, porque ya era mayor entonces y de esto hace casi 50 años. Venía de unas misiones en el Congo (lugar al que enviábamos las limosnas recolectadas en el colegio introduciendo monedas en la ranura que tenía en la cabeza la figura, a tamaño natural, de un chico negro muy bien vestido) e importó unos métodos de castigo que no he podido olvidar y que hoy resulta imposible relatar en público sin que un abogado se frote las manos. Más que el castigo en sí, era la amenaza la que infundía un pánico descomunal por lo inédito que nos resultaba escuchar las descripciones de las torturas que profería aquella mujer de ojos claros y piel blanquísima, a voz en grito, sólo por incumplir el descomunal delito de no guardar silencio. Ahora, río pensando en ello y me doy cuenta de que, curiosamente, no me generó un odio especial hacia las monjas, tampoco he salido sádico después de haber escuchado a tan temprana edad aquellas barbaridades, y creo que tampoco ningún otro compañero (lo hubiera descubierto por la prensa). Aquella proliferación de maestros curas, maestras monjas, de misas y procesiones, no nos enganchó a la religiosidad. Tampoco nos transmitieron valores exactamente democráticos pero eso no nos hizo una generación de fascistas resentidos. No sé, algo harían mal.

No alcanzo a adivinar en qué parte de mí, o de mis compañeros de generación, habrán ejercido influencia aquellos métodos, ahora sustituidos por sofisticados (a veces extravagantes) métodos psico-pedagógicos.

Pudiera ser que, educados de aquella manera, creáramos nuestro universo de referencia entendiendo las cosas al revés. O que quizás, más allá de ese aparente y quizás sobreactuado carácter agresivo, que la mayoría recordamos, pasado el tiempo, de manera anecdótica, la huella que nos dejaron aquellos antiguos maestros fuera otra y haya germinado de manera valiosa en una capa más profunda de nuestra personalidad.

Quizás no vivir entre algodones, ni idolatrados por el hecho de ser niños, amparados, eso sí, por unos principios casi imperceptibles, pero sólidos, fuera lo realmente importante.

A lo mejor lo hicieron sin querer, pero hacernos entender que la autoridad de un maestro, y todo lo que eso significa, ha de ser respetada ya fue suficiente.