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LA MÚSICA

Recuerdo la primera canción que me impresionó y el lugar donde la escuché a través de la radio. “My sweet lord” fue el gran éxito de George Harrison después de la separación de los Beatles.

Por la ventana abierta de mi habitación entró el sonido proveniente de la radio de una vecina. A través del patio, bastante silencioso, la escuché perfectamente. Fue la música, nada que ver con la letra o el mensaje verbal, fueron las armonías, la voz, los sonidos de los instrumentos, aquella repetición mántrica, lo que conectó con alguna parte de mi y le dio placer, pero no sólo eso. Al terminar, el locutor habló acerca de la separación de un grupo musical en términos de cataclismo mundial.

Aún hoy, escuchando esa misma canción, una nostálgica sensación de lucidez me traslada a aquella primera ocasión, me coloca en aquella habitación entre la cama, el tocador y la ventana entreabierta. El indescriptible cúmulo de sensaciones que, una encadenada a otra y ésta a la siguiente, sólo pueden ser evocadas por una música, elemento común entre el presente y aquel otro momento. Sólo la música tiene la capacidad de hacer de puente con otro momento de nuestra historia personal con una intensidad absolutamente intransferible.

Una vida llena de música es una vida que va encadenando los recuerdos como lo hacen las cerezas unas a otras al cogerlas de un cesto repleto de ellas.

Como un hilo fino, la música hilvana los momentos del presente hasta el más lejano que nos permite la memoria e instalarnos en lugares conocidos, en ambientes en los que estamos nosotros mismos con otro tamaño, con otra mentalidad, rodeados de los rostros jóvenes de personas que ya nos dejaron, para recordarnos que somos los mismos, seguimos siendo los mismos, aunque no lo mismo.