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AFICIONADOS

Uno de los logros de la sociedad del bienestar es el aumento del espacio temporal dedicado al ocio. El florecimiento de las aficiones activas puede tener efectos pacificadores: en innumerables ocasiones el aburrimiento ha fomentado la violencia.

La práctica de deportes u otro tipo de actividades, en principio destinadas a la relajación o la distracción de lo rutinario, aumentan las ventas de accesorios en un sector que no deja de crecer en los últimos años.  Del acercamiento curioso a una actividad, se ha pasado a la paraprofesionalización. Las ropas, los instrumentos de medición, los gadgets, son cada día más y más sofisticados. El esfuerzo, los entrenamientos, los retos, las marcas en tiempos, distancias, los acabados, los resultados, pretenden estar a la altura de los profesionales, esos locos que han decidido sacrificarse e intentar vivir de ello.

Para el ocio ya no valen un libro y una tumbona. Vivimos en el tiempo del aficionado obsesionado con la especialización extrema, ya sea a correr, a fotografiar, no digamos a cantar, a cocinar, ….en fin, a la emulación de las grandes “estrellas”. Y en algunas de estas actividades a ser alimento de los medios que ahora están para eso, para la exhibición de las habilidades del pueblo. Las televisiones de todo el mundo explotan el filón de los aficionados ofreciendo minutos de gloria embadurnados de sentimentalismo y ríos de lágrimas.

Ahora eres fotógrafo por hacer fotos con tu móvil y que te las pongan en el telediario, escritor por autoeditarte un libro; una noche cantas  en un karaoke o haces unos pasteles en tu casa y al día siguiente eres la estrella en el plató de una televisión en prime time; grabas un vídeo y en unos días tienes millones de visitas en youtube, me río de los directores de cine.

Con lo que el aficionado ha descubierto que no necesita tanto formación como público. Alguien verá lo que hago, alguien aplaudirá.

Así se abona la existencia de falsos artistas con, por supuesto, montones de seguidores, que seducen con su pose y labia, pero cuya obra no vale nada.

La sublimación de la actividad del aficionado encaja en la época de lo efímero y lo mediocre, del snapchat, de la autodestrucción instantánea de la obra. O se desvanece o te la comes. Dejar rastro lleva tiempo y no digamos cabeza.