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¿TE GUSTA EL LADRÓN?

¿Te gusta el ladrón? Pues nada, perdónale todo lo que quieras y vas buscando excusas, razones y comparaciones, que siempre los habrá habido peores.

Los refranes tienen la virtud de darnos una idea y pero más o menos, también la contraria. “El que roba a un ladrón, cien años de perdón”, “el ladrón cree que todos son de su condición” o “de la boca del ladrón, todos lo son”, sirven o se vuelven contra uno, depende. En cualquier caso, no es síntoma de fina inteligencia aceptarlos como baremo de verdad.

Donde yo vivo, en el norte de España, hay quién ha encontrado y sigue encontrando razones para justificar a ciertos asesinos. No a todos, claro, sí a algunos muy concretos. Eran “activistas políticos”, decían, respondían a un conflicto, siguen diciendo. Asesinos con bula.

En general, para quien ha justificado un asesinato, hacerlo lo propio con un robo está chupado. Si me gusta el delincuente, el asesino o el ladrón, ya le buscaré acomodo en la historia para que no lo parezca tanto.

Después del holocausto, cualquier crimen, cuantitativamente, parecerá ridículo.

Un nacionalista, de los del norte de España, preguntado por una presunta malversación que se ha producido en una entidad bancaria local dice que “un borrón no puede manchar toda una trayectoria” y que “tampoco ha sido para tanto, comparando con el presupuesto total de la entidad”. Siempre está a mano el recurso de la doble moral, la impermeabilidad a la razón.

Las explicaciones que dan, respecto a lo suyo, los señores de la foto sólo valen para ellos mismos y para sus ciegos seguidores. “Como todos roban…”, bien, pues elijamos al que lo hace sólo de vez en cuando o al que todavía está empezando y aún no le han cogido. Es un ladrón, pero es mi ladrón. Y si te gusta por lo que sea, pues nada, no le pongas a prueba. Así, cuando tengamos diferentes clubs de chorizos, con sus incombustibles supporters y todos estemos inscritos en alguno de ellos, por fin todos seremos iguales: unos jetas.

Si te gusta el ladrón, aunque sea sólo uno, te conviertes en víctima de una humillante secta, la de la mentira.